Pasiones humanas que desafían a la muerte

Eran dos gramos de hemoglobina lo que tenía Uberlinda Quintero Jiménez, aquella madre de 37 años con sicklemia, trastornos de coagulación, intolerancia a las transfusiones, sepsis, necesidad de respiración artificial mecánica, fallo multiorgánico… sobre ella el rostro de la muerte, pero salió de allí con una sonrisa de vida, y foto de celebración incluida.

Sucedió así entre las paredes de la sala de cuidados intensivos del Hospital General Docente Dr. Agostinho Neto, el espacio definido por el joven médico Guillermo Rodríguez Méndez como una frontera entre la vida y la muerte, pero cada minuto ahí se apuesta por la primera opción.

Juventud y experiencia combinación perfecta en el equipo de intensivistas del hospital Dr.Agostinho Neto.

En el año 1981 Guantánamo abrió el servicio de cuidados intensivos en el Agostinho Neto, con ocho camas, más de 30 enfermeras y un hombre, hecho leyenda viva hoy, quien recuerda aquellos momentos frente al colectivo que dirigió.

“El trabajo era duro, había poco personal médico para este nuevo servicio que reclamaba en cualquier momento presencia en el hospital por un caso determinado”, comenta el doctor Ernesto Díaz Trujillo, cátedra de la medicina intensiva en la provincia.

Muchos monitores, en ellos líneas y números revelan los parámetros de vida de cada paciente, los sonidos inconfundibles de los equipos delatan la sala; tras los cristales adviertes que el dolor ajeno impondrá límites para las fotos del reportaje, uno solo se atreve a preguntar por el diarismo en el lugar.

“Este servicio trata de garantizar un enfermero por paciente para asegurar la vigilancia intensiva, seguida por especialistas. Hay un personal de asistencia médica las 24 horas, pero los enfermeros tienen un papel protagónico”, explica la joven especialista en Medicina Intensiva y Emergencias Maricela de León Vidal.

En este espacio convive el servicio con la docencia, imposible hablar de ellos de forma separada, y lo mejor es que hay lecciones -de esas que cambian la vida- que van más allá del pizarrón y la teoría. La joven doctora Maricela de León está convencida que con el ejemplo se imparten las mejores clases:

“Cuando estudiaba la carrera, quería ser cardióloga y era alumna ayudante de esa especialidad. Un día acompañé en esta sala a uno de mis compañeros durante su guardia. Había un paciente con edema agudo del pulmón, aquello me provocó ansiedad, pero los profesores actuaban con seguridad y la persona se fue recuperando. Ese día decidí que sería intensivista”.

La intensivista Maricela de León Vidal está convencida que las mejores clases se imparten con el ejemplo.

Tras las puertas de una pequeña aula parte del conocimiento se siembra con las clases, ahí se discuten los casos, las decisiones se vuelven elixir de vida, el profe Trujillo como le llama la mayoría, insiste en que al paciente se llama por su nombre y no por el número de la cama, se confirma lo que ya había declarado uno de sus alumnos en entrevista al diario Juventud Rebelde.

Residentes y especialistas invocan las frases que guían la práctica en una sala en la cual la rapidez de las decisiones puede definir si las lágrimas sellarán un final o si habrá sonrisas en la memoria. Los más jóvenes, como Maricela de León, recuerdan esa idea clásica de que “para rescatar un paciente hay que darle un pedacito del alma”.

Los veteranos como el doctor Max Santiago Bordelois Abdo, jefe de la sala, afirman que “no se trata de trabajar para evitar quejas, se trata de trabajar para que el paciente esté bien.

“Acá te enseñan que no solo hay que observar lo que dicen los equipos, al paciente hay que tocarlo y mirarlo”, así recuerda Alexei Matos Córdova a seis años de haber terminado esa especialidad.

Aquí hay pasiones vestidas y delatadas con canas de muchos cabellos, entonces descubres añejos amantes del diarismo en estos espacios como la enfermera Josefa Quevedo Rousseaux y el doctor Leonardo Fernández Fernández, la utilidad es el motivo de su permanencia, pero son varios los que consideran que la edad no es límite, lo asumen así, es visible.

Desde que comenzó en Guantánamo la docencia de la especialidad en medicina intensiva y emergencias en el año 2006, 21 médicos se han graduado, pero el conocimiento se ha multiplicado en más de 200 galenos -algunos de otras provincias- beneficiados de las maestrías y diplomados, así lo explica el médico Reinaldo Elías Sierra, jefe de la docencia.

Cuando te dicen que alguien de Níger hizo la especialidad acá, y que luego al llegar a su país otro galeno se interesó por autofinanciar sus estudios y prepararse en la misma sala, cualquiera infiere que el prestigio viaja fuera de las fronteras cubanas.

Orgullos del historial de docencia también se traducen en el crecimiento de los más jóvenes, así lo afirma la doctora Tania Choo Ubals, y un ejemplo claro es el intensivista Guillermo Rodríguez Méndez, que con solo 29 años se estrena como coordinador provincial del servicio de donación y trasplantes de órganos y tejidos, siendo el galeno más joven del país con esa responsabilidad.

El privilegio de contar con cátedras como el Dr. Trujillo (al centro).

El caso de Uberlinda y aquellos dos gramos de hemoglobina ha sido uno de los más épicos en la historia de la medicina intensiva en el Agostinho Neto, tanto que cuando preguntas por hazañas entre estas cuatro paredes más de un médico pesca en sus recuerdos ese nombre.

El doctor Max Santiago define a Uberlinda como una gran escuela para el equipo del lugar, mientras que su colega Trujillo afirma que esa experiencia fue la compilación en un solo paciente de todo lo aprendido a lo largo de los años.

Varias entrevistas preguntaron por casos difíciles, pero más de un galeno habla de la entrega como ingrediente esencial de la fórmula diaria, no obstante el pasado diciembre una experiencia marcó memorias.

Rara sensación se cuela por la piel si te cuentan que aquí ingresó una paciente que perdió por completo la pared abdominal producto de la infección de una herida, pero cuando te dicen que Katerin Rodríguez Hernández está viva y lo compruebas con su sonrisa en la sala de quemados, sabes que en Guantánamo la ciencia oculta proezas entre paredes y memorias.

“La preocupación del personal de terapia fue constante, estuve más de mes allí, una dieta estricta y reforzada acompañó el proceso, asombro y gratitud son las palabras con las que podría definir ese momento”, afirma la joven de 26 años también atendida por el personal de cirugía plástica que realizó dos intervenciones reconstructivas en la zona afectada, y se une al triunfo”.

El joven intensivista Juan José Vásquez Nassif recuerda además a Yasmniany Hernández, la puérpera que hizo un embolismo del líquido amniótico y tuvo complicación renal, cerebrovascular y parada cardíaca, pero hoy forma parte de las satisfacciones de este médico y el resto del equipo que atendió a la paciente cerca de 50 días.

La doctora Tania Choo Ubals sabe de ingresos que se han extendido en este espacio durante 14 meses, habla de los grandes retos que suponen a veces las infecciones por el deterioro que causan en las personas.

Terapia intensiva es una sala donde las victorias se traducen en vida, y cuando alguna de esas victorias se frustra, una noticia -que nadie quisiera dar- se construye entre silencios y lágrimas en un pequeño local de entrevistas.

Las enfermeras tienen un rol protagónico en este servicio.

“Las personas piensan que como estamos acostumbrados a lidiar con la muerte somos insensibles, pero no es así, solo que en la especialidad tenemos que desarrollar mecanismos de compensación para seguir salvando vidas”, explica el intensivista Reinaldo Elías Sierra, el mismo que perdió en esta sala a su madre y a su padre, y le costó comunicar la muerte de la hija de un amigo.

Cada médico insiste en que todas las pérdidas duelen, pero coinciden en que cuando se va alguien joven y hay una muerte materna, el dolor se multiplica porque la mayoría además son padres.

“El año pasado sufrimos mucho la pérdida de un joven estudiante de medicina, no noto la diferencia entre algo como eso y una muerte materna, ha sido una de las experiencias que más me ha marcado en los últimos tiempos ” lo cuenta el doctor José Alfredo Estevan Soto, especialista en II grado en Medicina Intensiva y Emergencias.

Ahí tienen una ley, si la muerte derrota al paciente, los familiares deben estar convencidos que se hizo todo lo posible por salvarle la vida, porque no se limitan los esfuerzos terapéuticos, afirma el doctor Reinaldo Elías.

Una sala de referencia nacional, así se conoce en Cuba este servicio, pero más que ese título habla la gratitud de quienes salen de estas paredes para continuar sus vidas. El doctor Max Santiago explica que la interdisciplinariedad distingue el trabajo, y los triunfos hablan de muchas especialidades en acción.

Aunque nuestro destino final es el mismo para todos, aunque somos parte de un proceso biológico que tiene principio y fin, aunque dicen los mayores que en la vida solo estamos de visita… en la sala de terapia intensiva hay muchas personas que alimentan sus pasiones desafiando a la muerte, todo un equipo que conspira para que la ciencia siga haciendo pactos con la esperanza.

Fuente: Venceremos