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¡Han salvado a mi niña!

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«¡Dios mío, ¿qué poder habrá puesto el milagro en esas manos?!». La pregunta salta como de un agujero abierto por la emoción que, como tantas veces y a cualquier hora del día, la noche o la madrugada de los últimos 11 meses, desborda los ojos de Marisleidis, la madre.

Aún el temor, la tortura; pero ya luce menos desesperada frente a su niña, que la mira desde la cama número cinco de la Sala de Cuidados Intermedios del Hospital Pediátrico Pedro Agustín Pérez –al sur de la urbe guantanamera y a casi mil kilómetros de La Habana–, como si en su inocencia intentara devolverle algo de sosiego. La madre sigue allí, en silencio, de pie, esperanzada y algo incrédula todavía.

La toma en sus manos, la mira de nuevo y la acaricia con suavidad; respira hondo y asiente con la cabeza: el regreso de la pequeña a la vida es real, no un engaño de los sentidos; renacida Emelyn Lía, corona en aquellos brazos lo que fuera un anhelo desesperado.

Esperanza y temor se cruzan en esos instantes en la joven madre, de 28 años; la odisea no concluida aún, a intervalos le hace dudar que la presencia de su quinto retoño sea cierta, pese a los claros indicios de avance hacia un desenlace feliz. La mujer no se cansa de invocar al Señor y al equipo médico: « ¡Dios los bendiga!», dice, entre sollozos que la obligan a silabear: « ¡Han- sal-vado-a-mi niña!».

EN LA ANTESALA DEL DRAMA

Las náuseas asociadas al quinto embarazo no debían parecerle raras a quien con anterioridad había dado a luz en cuatro ocasiones. No obstante, gracias a esa experiencia, aquel día de la segunda mitad de septiembre de 2022, con 34 semanas de gestación, Marisleidis Pelegrín Ramírez pudo advertir «algo muy extraño» en su cuerpo, cuando el estómago empezó a despedir impulsos repetitivos «horribles», que le invadían el esófago, la garganta y la cavidad bucal.

Un deseo de vomitar distinto, cuenta ella; un malestar que tampoco había sentido antes. «Sospeché que podía pasarme algo malo, y fui rápido a ver al médico, quien me atendió de inmediato en Palenque de Yateras, donde resido».

El primer examen puso en guardia al facultativo. Sin perder tiempo, la remitió para el Hospital General Docente Doctor Agostinho Neto, en la cabecera de la provincia, donde el resultado de la exploración alarmó a los galenos.

«Me explicaron que el feto y yo teníamos exceso de líquido en el abdomen, y que la situación era de riesgo para los dos –recuerda Marisleidis–. Me hablaron de interrumpir el embarazo; no quise. La cabeza se me llenó de mil pensamientos; lloré. Ellos respetaron mi decisión».

«Ha pasado las de Caín», dice de la bebé el doctor Alexis Columbié Singh, especialista de 2do. Grado en Pediatría y máster en Emergencia Médica. La niña, explica, sufrió peritonitis meconial prenatal, como consecuencia de una perforación en el intestino.

Tal percance, según la literatura médica, es ocasionado por la mezcla de líquido amniótico, secreciones intestinales y otros desechos que integran una sustancia viscosa conocida como meconio, la cual da lugar a las primeras heces del bebé. Pero a veces este defeca antes de nacer, absorbe parte de la materia fecal en el útero de la madre, y contrae la mencionada patología, poco frecuente en el mundo (un caso por cada 35 000 nacimientos).

Cuando eso ocurre, los componentes del meconio pueden invadir la cavidad peritoneal, infectarla, provocar efectos inflamatorios intensos en el peritoneo, las asas intestinales, el abdomen fetal y otras áreas. Rápida ha de ser entonces la reparación quirúrgica. Y tan compleja, que a veces encadena complicaciones muy graves, como las de Emelyn Lía Balart Pelegrín, la niña guantanamera extraída del vientre de su mamá a las 37 semanas, mediante cesárea.

EL VIA CRUCIS

Varias veces han debido trasladar a Emelyn desde Guantánamo hasta el hospital Octavio de la Concepción y de la Pedraja, de Holguín, centro de referencia regional de Cirugía Pediátrica en el oriente del archipiélago. Siete veces en menos de un año ha sido operada en la institución holguinera, antes de hacerlo por octava ocasión en Guantánamo.

Recién nacida, fue llevada por primera vez al quirófano la bebé de esta historia; hubo que practicarle una ileostomía (operación que conecta el íleon –parte más baja del intestino delgado– con el exterior del cuerpo), a fin de viabilizar, mediante esa abertura, la evacuación de las heces.

Poco después empezaba el ciclo de complicaciones y procedimientos quirúrgicos sucesivos, cuyo capítulo más reciente, en el guantanamero hospital Pedro Agustín Pérez, incluyó una traqueotomía para enfrentar la infección neumológica aguda asociada a la ventilación mecánica.

En estado crítico extremo, en la sala de Cuidados Intensivos del pediátrico de Guantánamo, y al parecer extinguida en la paciente su última gota de energía para seguir aferrada a la vida, los médicos decidieron poner sobre aviso a la madre. Marisleidis advirtió la tristeza en el tono compasivo del que portaba el mensaje: «Ha empeorado aún más la salud de tu niña; debes estar preparada».

«¡Sálvenmela, por Dios!», intentó articular la joven. No pudo; la voz no le respondía. El galeno le aseguró que «no estamos vencidos». Esa expresión, y el desvelo de los médicos y enfermeras, le sirvieron de refugio a la madre: «A todas horas estaban pendientes de Emelyn, y eso me daba algo de esperanzas», dice, y menciona a la doctora Caridad, a Ramón, Miguelina y Nayade, quien «me enseñó a manipular a la niña después que le hicieron la traqueotomía».

«Mi esposo y yo hemos llorado por esta hija que ha resistido 14 paros –confiesa Marisleidis–, va a cumplir un año y todavía no conoce su casa, tampoco a Marian, Aliannis, Évelin ni a Koviannis, sus hermanitos, que preguntan por ella y quieren saber cuándo podrán conocerla».

ORGULLO SIN VANIDAD

La «resurrección» de Emelyn Lía lleva un mérito adicional, aunque sus autores no lo mencionan: el contexto en el que fue salvada la niña. Ella nació y ha vivido en tiempos de escasez y de la COVID-19, en un país sometido a la brutalidad de un bloqueo que no da un minuto de tregua.

De esa coyuntura habla el doctor Francisco Marcillí Faure, al frente del pediátrico Pedro Agustín Pérez: «En nuestra farmacia faltan medicamentos –admite–, pero esta niña ha tenido los necesarios; las instancias de la provincia, el país y el sistema de Salud se han ocupado de asegurarlo; nuestro personal le pone pecho y talento».

En la mente del que lo escucha, la voz de Marcillí y la de Díaz-Canel en Naciones Unidas se cruzan. Allá, el mandatario desenmascaró otra vez un bloqueo que, llevado a niveles sin precedentes, agrega «dificultades y demoras para el arribo de insumos y equipamientos médicos».

Acá se le infla el pecho de admiración a quien, de los labios del doctor Alexis, oye decir que «el primer año de Emelyn lo celebraremos el 13 de octubre aquí». Uno lo escucha, y entiende de dónde viene el poder que le puso el milagro en las manos a esta gente de batas blancas.

Tomado de: Granma

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